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Metrosexuales a la playa: depilados, tatuados y con la barba prolija

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Gustavo se para en la orilla, mira hacia el oeste, es decir hacia la tierra, hacia las reposeras, hacia donde están las otras mujeres y los otros hombres. Tiene los brazos apoyados en la cintura, los bíceps inflados, decorados con tinta de varios colores, el short cortito y las piernas y los brazos y el pecho depilados como si fuera el medallista Michael Phelps a punto de lanzarse a la pileta olímpica. Al lado suyo tres amigos se exhiben en la misma pose. No son nadadores: Gustavo y sus amigos son turistas veinteañeros que, como muchos otros de su especie, se han preparado bien para llegar a la arena en el punto justo.

La playa dejó de ser para muchos jóvenes el reino del desprejuicio. Ya no se acepta la desprolijidad en la barba o el cabello, ni está bien visto usar ropa vieja o cargar una pancita cervecera. Los metrosexuales dominan el pulso estético de Pinamar y asumen el rol del que se muestra.

“Tenés que llegar preparado”, advierte Gustavo Mancuso (29), que llegó a Pinamar desde el barrio porteño de Villa Devoto. Hace meses que el muchacho prepara su cuerpo para este momento, del mismo modo que un maratonista se prepara su carrera final. “El tema es estar prolijo. Fui al gimnasio todo el año, hice dieta los últimos meses y fui a la cama solar unas semanas antes de venir. La cosa es estar a la moda”, explica.

La ética de la estética se mezcla con la vida sana. Por momentos corren por caminos diferentes y también se unen. En algunos sectores de la costa de Pinamar existen espacios para hacer gimnasia gratis. Los mediodías y las primeras horas de la tarde quedan copadas por muchachos que van allí a mantener sus brazos torneados y sus abdominales en 3D.

“Yo lo único que quiero es estar a la altura de las bellezas femeninas que vienen a Pinamar. Este 2019 quiero arrancarlo enamorado y necesito mostrarme entero. Además, ¿cómo es? Mente sana en cuerpo sano”, bromea Luciano Ucar, de Olivos, 26 años, estudiante de Medicina.

La hipótesis de los metrosexuales es que la escultura corporal mejora las previsiones respecto de las chicas. “Si uno está así, impecable, puede pasar por el grupo de las chicas y convidar fernet, quedarse charlando, pedirle que te sostengan el vaso un segundo para ir al mar, y bueno, te mostrás”, analiza Diego Iparraguirre (23).

Su amigo Matías Ferrini (29) asiente, y agrega, con cierta lógica del universo de la autoayuda: “El corte de pelo es fundamental, el bronceado previo también. No gusta llegar blanco. Y después la vestimenta: tener una malla prolija, unas ojotas lindas. Uno se pone así porque es importante sentirse bien con uno mismo”.

Los gerentes marketineros entienden que este perfil de veraneantes en lugares como Pinamar es un potencial cliente. Por eso en algunos de los balnearios considerados “top” se instalaron barberías en camioncitos, también llamados “barber trucks”, traducible como “barberías móviles”.

El estilista Javier Luna fue el pionero con su percepción y en 2017 instaló su “truck” en uno de los paradores más concurridos por los jóvenes. “Los varones se animan a más, por primera vez juegan de local en un lugar de estética, que siempre estuvo reservado para las mujeres. Este auge de las peluquerías de hombre permite que se hagan más cosas”, comenta.

Luna corta el pelo y da forma a las barbas, pero la novedad que percibe este verano es la depilación de cejas. “El otro día que llovió vino una cantidad enorme de pibes para eso exclusivamente. Se las depilan, se hacen líneas en las cejas, otros se hacen las manos”, detalla con sorpresa. También cuenta que los varones se aclaran el pelo (“especialmente en los jopos”).

Santiago hace 100 abdominales antes de bajar a la playa. “La idea es que me vean bien, sentirme atractivo y poder avanzar sobre las chicas que me gustan para quedar y vernos a la noche”, cuenta, fornido tipo rugbier. “La onda es esa, que la playa sea una previa de la noche y los pibes vienen a levantar”, coincide Luna.

En otras de las barberías, ubicada en uno de los paradores cercanos al muelle, cuentan que trabajan con días de sol y de lluvia, casi permanentemente. “En general vienen a pedir cortes de pelo, barba y cejas”, cuenta Mariano Acosta, creador de Kusta, donde el corte sale 450 pesos y la barba, 300, y donde también se venden cremas y gel para el cuidado de la piel y la barba.

Sobre uno de los sillones de peluquero de este camioncito está Pablo Zazzali, diseñador gráfico de 49 años. “Me viene al pelo esta barbería, en Buenos Aires me retoco la barba cada 15 días porque si me la dejo crecer parezco más viejo, también uso crema para las bolsas de los ojos”, explica.

Vecino de Nordelta, Zazzali celebra a los hombres rotulados como metrosexuales. “Hoy por hoy el hombre gasta más que la mujer en estética, y está bien. Mirá, el otro día me gasté 15 mil pesos en perfumes y cremas”.

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