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El enigma Sandro: qué lo hizo ídolo y popular

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Rockero, actor, romántico, excéntrico de bata y pantuflas, muchacho de barrio, estrella ermitaña… Un enero de hace nueve años se extinguía la luz de uno de los mayores ídolos populares de la Argentina y Latinoamérica. ¿Quién fue realmente el personaje encarnado por Roberto Sánchez?

El tipo era inconfundible. Por las patillas, por el peinado, por la sonrisa. Llevaba traje negro, camisa blanca, corbata roja con pañuelo al tono. Estaba rodeado de cámaras de televisión, los curiosos le tomaban fotografías, lo felicitaban, lo animaban a que siguiera adelante. Le pidieron que cantara un poquito, él cantó. Sucedió el 5 de enero de 2010 en la puerta del Congreso de la Nación. El tipo era un imitador de Sandro. De Sandro, que había muerto el día anterior en Mendoza y al que ahora velaban en el Salón de los Pasos Perdidos.

Más de 50.000 personas despidieron al cantante. Había cuadras y cuadras de cola, llantos, flores, risas, suvenires religiosos y paganos, empujones, cantores improvisados, borrachos, insolados por el calor, pungas, colados, hombres, mujeres, jóvenes, viejos, oportunistas, admiradores, curiosos, voluntarios que regalaban agua y muchos otros que la vendían. El imitador buscaba dejar su ofrenda, o llamar la atención, o acaso las dos cosas a la vez. Cuando conseguía un micrófono, contaba la misma historia: que era el único imitador de Sandro aprobado por el Sandro original. Que el Sandro original le había regalado su esmoquin, su capa y su bata. Todavía relata lo mismo para promocionar sus shows: “El auténtico doble de Sandro”, se anuncia.

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La vida y la obra de Sandro, el artista que durante medio siglo compartió cuerpo con un hombre llamado Roberto Sánchez, se comprenden mejor cuando se subrayan con resaltador fluorescente algunas de las palabras de su doble: original, imitador, auténtico, único.

Porque no hay un único Sandro sino montones; porque a veces Sandro se imitaba a sí mismo y porque a veces hacía apuestas de una extrema originalidad; porque durante toda su carrera usó como comodín la carta de la autenticidad, cualquier cosa que quiera decir “autenticidad”. Y sin embargo cada versión de Sandro (el rockero, el actor, el romántico, el excéntrico de bata y pantuflas, el enfermo crónico, el muchacho de barrio, el charlatán demagógico, la estrella ermitaña refugiada en su mansión suburbana de los alrededores de Buenos Aires) remite siempre al mismo momento fundacional: el instante en el que Roberto, el pibe de Valentín Alsina, se convierte en Sandro de América y obtiene el rótulo de “ídolo popular”.

“Popular” es un adjetivo, no un sustantivo. Adjetiva algo; por ejemplo, a un cantante o un héroe. O a un ídolo, como en la Galería de los Idolos Populares de la Casa Rosada, que por supuesto tiene una foto de Sandro (joven, buen mozo, misterioso, como en la imagen de su faceta más “gitana” que aparece acá a la derecha). Es difícil decir qué hace ídolo y popular a un ídolo popular. En algunos casos, como en el de Sandro (y también en los casos de Diego Maradona, Carlos Gardel, Tita Merello y Carlos Monzón, por seguir con la Galería de Casa de Gobierno), suele perseguirse un relato similar: la persona que empieza muy abajo y termina muy arriba. El tipo que, por ejemplo, emerge desde un conventillo del conurbano bonaerense y llega hasta el escenario del Madison Square Garden de Nueva York.

Yo soy gitano

Cuando Sandro nació, en agosto de 1945, no se practicaba todavía el novedoso arte de ponerles nombres raros a los hijos sólo porque se oían raros. En el registro civil rechazaron Sandro, una castellanización del húngaro Sandor, así que fue Roberto. Más tarde el nombre gitano volvería a hurtadillas para perfilarse como contraseña de la consigna más arraigada de la industria del entretenimiento de mediados del siglo XX: con suerte, talento y esfuerzo, muchacho, tus sueños pueden hacerse realidad. Se oye todavía mejor si se lo lee remedando la voz y la seguridad de Elvis Presley, lo cual, por cierto, viene muy al caso.

Algunos dicen que Sandro inventó el rock argentino. O que fue el primer rockero argentino. O que introdujo el rock’n’roll a la industria musical argentina. Otros dicen, quizás con razón, que afirmaciones tan tajantes son difíciles de probar. Aunque el nacimiento del rock argentino haya quedado ligado a una imagen de los años sesenta más contracultural y bohemia (“En el baño de La Perla del Once compusiste ‘La balsa’…”), el muchacho de Valentín Alsina fue uno de los propagadores pioneros de esos nuevos sonidos que, como mercancía, se relacionarían con la juventud, la rebelión y el quiebre generacional. ¿Quieren rock? Sandro aprendió a tocar la guitarra oyendo los discos del grupo de surf y rock instrumental The Ventures. O eso decía, al menos. ¿Y por qué no creerle?

Su “debut” fue en 1958, a los trece años: playback de Presley en acto escolar, el disco falló, tuvo que cantar. Es una buena anécdota fundacional, un buen mito de origen. En 1958, cuando Sandro imitaba a Presley, las ondas radiales estaban dominadas por el tango, el folklore, el jazz y la llamada “música característica”. Fue el primero en grabar composiciones de Bob Dylan, Chuck Berry y The Beatles en español; sus registros iniciales incluían canciones como “Soplando en el viento” (Dylan), “Hombre sin lugar” (Beatles) y hasta “La casa del sol naciente”, una canción folk tradicional que el grupo británico The Animals versionó en 1964 y Sandro sólo dos años después, en 1966. Su primera canción propia se tituló “Comiendo rosquitas alrededor del Puente Alsina” y la tocaba con su grupo Los Caniches de Oklahoma. Es posible, coinciden musicólogos, historiadores y melómanos, que haya sido la primera canción de rock’n’roll en español.

Sin planearlo y sin grandes estrategias, Sandro inventó el mercado de la juventud en Argentina, o si se quiere, lo importó y lo adaptó a la estirpe barrial. A partir de ese momento las ropas, los peinados, la manera de hablar y en especial la música empezaron a definir modos de vivir. Sobre todo entre los jóvenes que abrazaron esa nueva cultura. Y de eso se trataba el rock’n’roll hace medio siglo.

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Persona y personaje

No hubo un salto abrupto de las tocadas en sociedades de fomento y clubes del sur del Gran Buenos Aires a las grandes giras por el continente, a los teatros llenos, a una fama desmedida y agobiante. El movimiento fue gradual, inquietante, errático, progresivo, veloz, repleto de pequeñas rupturas culturales, sociales y estéticas. Las presentaciones televisivas escandalosas junto a Los del Fuego (cámaras rotas, expulsiones del estudio, contoneos demasiado sensuales), los primeros sencillos, el quiebre de lo nuevo y lo viejo, su empujón económico, publicitario y musical a los rockeros pioneros que se apretujaban en las mesas de La Cueva, los contratos, el cambio de género musical, los nuevos públicos, el cine, la televisión, las revistas, las rivalidades con Leonardo Favio Palito Ortega, el dinero, El show de Ed Sullivan, y entonces, o entretanto, la conquista de América con los recitales en el Madison Square Garden, el célebre estadio neoyorquino, como techo de una carrera apenas imaginada unos años antes.

Y desde entonces Sandro fue siempre Sandro de América: original, imitador, auténtico, único. Hay que pensar que contaba con poco más de veinte años al grabar canciones como “Quiero llenarme de ti”, “Las manos” y “Una muchacha y una guitarra”. Cuando publicó “La juventud se va”, en 1969, tenía apenas 24 años: “La juventud se va y nos ponemos viejos”, cantaba. Ya de muchacho, Sandro cantaba como el hombre sabio que había superado mil batallas y olvidado mil amores; al volverse mayor, todavía hablaba como el muchacho que había sido: “La pibada del barrio”, decía, y lanzaba una de esas carcajadas que a veces parecían espontáneas y a veces parecían ensayadas frente al espejo durante horas.

En ocasiones se olvida que a los 25 años ya había hecho todo, que a los 40 decidió replegarse, echar una mirada al camino andado, reinventar lo ya reinventado una vez más. En su música y en sus espectáculos había sensualidad pero también parodia, un comentario permanente sobre el paso del tiempo lleno de guiños y complicidades. Era un embaucador fantástico, la clase de mentiroso que avisa que está mintiendo y así la mentira se convierte en juego y el juego ocupa el lugar de la verdad. Sandro sabía esas cosas. En su mansión amurallada de Banfield estudiaba, leía, aprendía, afinaba el personaje a la vez que rehuía de él. Pocos artistas fueron tan conscientes de que el ídolo popular y el tipo que sabe que sólo tuvo un golpe de suerte ocupan la misma habitación y visten el mismo pijama. Insistía con eso todo el tiempo. Decía que cuando llegaba a su casa colgaba en la entrada el traje de Sandro/Batman y volvía a ser Roberto Sánchez/Bruce Wayne, ¿pero quién puede afirmarlo con certeza?

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Ahora es difícil evocar esos momentos fundacionales. Se recuerda que estaba enfermo, que le costaba respirar y que el micrófono llevaba un tubito de oxígeno; se piensa en sus espectáculos musicales que no paraban de agregar funciones; se admira la robustez de sus interpretaciones. Pero el momento fundacional, aunque se vuelva a él, parece borroneado. Esos primeros años que hicieron, de “el loco de Valentín Alsina”, un Idolo Popular, así, en mayúsculas, parecen no haber existido nunca.

El tipo de traje negro, camisa blanca, corbata roja con pañuelo al tono, rodeado de cámaras frente al Congreso, no imitaba a Sandro; imitaba un momento de la carrera de Sandro. Para hacer una copia completa, una falsificación perfecta, se necesitaría reproducir todo desde el principio. Y eso, por supuesto, sólo lo había hecho Sandro. El original, el único. El auténtico, si es que hubo tal cosa alguna vez. •

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