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De viaje: el escenario de hielo en El Calafate

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A casi 80 kilómetros de El Calafate (Santa Cruz), el Perito Moreno, el más famoso de los glaciares, puede observarse desde la ruta. Una vez en el lugar, el sistema de pasarelas permite a turistas de todo el mundo acercarse y disfrutarlo desde varios ángulos; apoyados en las barandas, disparando cámaras de todo calibre o simplemente sumidos en la contemplación.

El silencio reinante, propio de los lugares de culto, sólo se interrumpe con el estruendo de los hielos que se desprenden y caen a las aguas del lago Argentino.

A remar

“Vestirse” con traje térmico no es tarea sencilla. Se necesitan flexibilidad y paciencia: al carecer de la primera, lo tomo con calma. El grupo se divide de a pares para abordar los kayaks, los guías van solos. Al ser mi primera vez, la actividad me genera algunas dudas, pero por suerte mi compañero tiene experiencia. Luego de las instrucciones de rigor, empezamos a remar.

Concentrado en lograr la coordinación adecuada para avanzar, pierdo algunos minutos del espectáculo que se muestra alrededor: la pared de 70 metros del Perito Moreno cada vez más cerca me hace sentir pequeñito y vulnerable pero inmensamente feliz.

Historias de pioneros, perros y ovejas

A pocas cuadras del centro de la ciudad, el hotel Kau Yatún (donde nos alojamos) forma parte del casco de la Estancia 25 de Mayo. Considerada pequeña en comparación con otras, tiene “apenas” 17.000 hectáreas y ocupa siete kilómetros frente al lago Argentino y 35 kilómetros hacia el sur de El Calafate.

Allí, un gaucho montado emite monosílabos y los perros comienzan su tarea: unas 30 ovejas son prolijamente arreadas hasta un corral cercano. La impactante exhibición es observada por turistas de variada procedencia. Españoles, ingleses, brasileños, orientales y locales formamos luego una ronda con fogata y dos pavas tiznadas en el centro. Mientras el guía cuenta la historia de los primeros pobladores de la zona, empieza la ronda de mates y tortas fritas. A juzgar por las muecas, estas últimas son más aceptadas que nuestra bebida nacional.

En el galpón de esquila, presenciamos cómo se “pela” a un capón. A la antigua, con tijera y en menos de diez minutos, Freddy, el esquilador, logra entre tres y cinco kilos de lana en una sola pieza. Menos románticas pero mucho más productivas, las máquinas eléctricas reducen el tiempo de esquila a dos minutos por animal.

Como no podía ser de otra manera, el día termina con cena de cordero al asador y espectáculo folklórico.

En crucero

Por la mañana, en el puerto La Soledad, abordamos el catamarán María Turquesa para ver los glaciares desde el agua. Navegamos el brazo Norte del lago Argentino hasta el canal Spegazzini. En la cima de las montañas se ubican los pequeños glaciares Seco y Heim, denominados “colgantes” por no tener contacto con el agua. Al final del brazo, y luego de dos horas de navegación, llegamos al glaciar Spegazzini, el más alto del Parque Nacional con 135 metros.

Desembarcamos en la Bahía de las Vacas y caminamos por la costa hasta la casa abandonada de Harry Hylden, un finlandés contratado para capturar vacas salvajes. Tiene una explicación: como la actividad principal de la zona era la ganadería, al crearse el Parque Nacional se expropiaron las tierras y las vacas quedaron “abandonadas a su suerte”. Sin embargo, se adaptaron al relieve y al clima, y hoy vagan de a cientos por el lugar.

La ruta continúa hacia el Upsala, el segundo glaciar más grande del parque después del Viedma. En constante retroceso, su inestabilidad produce el desprendimiento de grandes masas de hielo. Los grandes témpanos flotan en el lago moldeados por el agua y el viento. Miembros de la tripulación “pescan” trozos de hielo que comparten con los pasajeros.

Por último, navegamos frente a la pared norte del Perito Moreno para verlo una vez más, fotografiarlo y sentirnos pequeñitos y vulnerables pero inmensamente felices.

 

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